Se desliza con dificultad hasta su cama, sola, derritiéndose a
cada paso que da.
No precisa de ayuda, tan solo necesita descansar durante otros mil
años. Apoya la cabeza en el borde del colchón y deja que su cuerpo
escamoso dormite encima del somier, inerte, intentando sobrevivir por sí
mismo.
Inspira, espira.
Tiene tan pocas fuerzas para mantenerse con vida, que sus pulmones
son los únicos responsables de que la criatura subsista, tirando de su pecho
hacia arriba y hacia abajo, insuflando aire a través de los secos labios que un
día contuvieron el alma del animal.
Inspira, espira.
Su cabeza da vueltas a pesar de estar tumbada boca arriba. Sus
perfilados ojos se mueven de un lado a otro, como si la respuesta al sentido de
su existencia estuviera escrito en la pared. Y una vez más, sabe que no es su
última batalla, sabe que la historia interminable que está viviendo no tiene un
final, sabe que las heridas que hoy le atormentan mañana serán cicatrices que
formen parte de su coraza.
Y, aun así, le duele. Mucho. Le duele que el mundo la rechace. Le
abruman los intentos de la muchedumbre de acabar con su vida. Le mortifica la
indiferencia de sus más allegados, y la simple idea de no tener ningún apoyo
más que la cama que la sujeta, no le suscita ninguna calma.
Porque ningún dragón es invulnerable, porque todo ataque es
desgarrador, y toda hoja corta la carne.
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