Las cartas más difíciles no siempre son las de amor. A veces son las de despedida, aquellas firmadas con sangre.
Sabe que se acerca la hora de hacer las maletas y despedirse de todos, para no volver nunca más.
No se merece el aire que respira, todo lo que le rodea y la gente que se le acerca.
Se va a ir, sola, como siempre ha estado. No sabe cuándo ni cómo, pero sabe que se va a marchar.
Se muere de ganas.
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