martes, 22 de marzo de 2016

Julieta debe morir.

Se encoge en la cama. Acaba de colgar y no puede dejar de llorar. Cuando cree que ya está seca por dentro, una nueva tanda de lágrimas vuelve a brotar e hinchan sus ojos.

Se tumba boca abajo, le escuecen los cortes de su cintura. Su pequeña penitencia, que no se acerca ni por asomo a lo que debería pagar por su traición, se abre paso entre la carne abierta y la sangre seca. Un recordatorio personal e intransferible, único por y para ella.

Le pesa el corazón. Mucho. Demasiado. Tanto que siente como se desliza entre sus costillas, como si de gelatina se tratase, y se vuelve a formar para atravesar su enrevesado sistema nervioso -o lo que queda de él-, su cuerpo y la última barrera que es su colchón. Como si de una bola de lava se tratara, forma un agujero negro debajo de su pecho, quemando la cama, el suelo, el inmenso bloque de pisos y la mismísima Tierra, hasta llegar a su núcleo, atraído casi magnéticamente.

Es mala persona, y ni siquiera sabía el monstruo que escondía.

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