Suena una canción, después otra, como si se tratase del modo aleatorio de un reproductor cansado de la rutina. Dejo que la música invada mis oídos, agito la cabeza como aquella vieja diva que nunca dejó los escenarios, intentando sacar así de mi mente esa imagen que hasta hace un momento he visto con mis propios ojos.
No lo consigo y salgo del antro que pretendía ser mi verdugo, sabiendo que ni la estruendosa música podría indultarme del castigo. Necesitaba una mano amiga que me sacase del barro, que me lanzase una cuerda e impidiera que me ahogase ahí, sola.
Yo y mi manía de demostrarme a mi misma que soy capaz de meterme en el lodazal y salir sin ayuda. Y, cómo no, hundirme en cada intento.
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