Sonreí. “Deseo cumplido”. Le miré y
volví a apoyar mi cabeza en su hombro. Cerré los ojos y me dejé llevar por el
suave contoneo de nuestros cuerpos moviéndose al ritmo de la música. Sonaba
“Burbujas de amor” desde el móvil, su móvil, que días antes almacenaba esa
misma canción, “para escucharla cuando me aburra” según él. No supe por qué
quiso esa misma canción, habría sido mucho más fácil descargarla. La respuesta
no tardó en llegar: Juan Luis Guerra se trabó a los pocos segundos de comenzar
a cantar, exactamente en el minuto 0.46. Oí una leve risa: Menudo idiota, sabía
de sobra que la canción se me descargó mal pero aun así la escuchaba. ¿Buscaba
mi reacción? No se la di, me aguanté las ganas de decirle algo, no pensaba
darle el gustazo.
En vez de eso seguí contoneándome,
dejándome llevar, dejándome atrapar por ese momento, por él. Apenas moviéndonos
del sitio, dábamos vueltas, despacio, mientras yo pensaba en lo detallista que
estaba siendo, en lo bonito de una escena tan cutre como la protagonizada por
una pareja de bailarines al son de un móvil, en una habitación cualquiera de
una casa cualquiera. No me salía darle las gracias, romper esa cita coreada por
Juan Luis Guerra, por eso me limité a besarle el cuello suavemente y
acariciarle la nuca con mis dedos, arriba y abajo, tantas veces como horas
quería pasar allí.
En ese momento me sentí fatal por haber pensado hasta hace nada en dejarle.

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