domingo, 4 de marzo de 2012

Idílico, irónico, patético.


Sonreí. “Deseo cumplido”. Le miré y volví a apoyar mi cabeza en su hombro. Cerré los ojos y me dejé llevar por el suave contoneo de nuestros cuerpos moviéndose al ritmo de la música. Sonaba “Burbujas de amor” desde el móvil, su móvil, que días antes almacenaba esa misma canción, “para escucharla cuando me aburra” según él. No supe por qué quiso esa misma canción, habría sido mucho más fácil descargarla. La respuesta no tardó en llegar: Juan Luis Guerra se trabó a los pocos segundos de comenzar a cantar, exactamente en el minuto 0.46. Oí una leve risa: Menudo idiota, sabía de sobra que la canción se me descargó mal pero aun así la escuchaba. ¿Buscaba mi reacción? No se la di, me aguanté las ganas de decirle algo, no pensaba darle el gustazo.
En vez de eso seguí contoneándome, dejándome llevar, dejándome atrapar por ese momento, por él. Apenas moviéndonos del sitio, dábamos vueltas, despacio, mientras yo pensaba en lo detallista que estaba siendo, en lo bonito de una escena tan cutre como la protagonizada por una pareja de bailarines al son de un móvil, en una habitación cualquiera de una casa cualquiera. No me salía darle las gracias, romper esa cita coreada por Juan Luis Guerra, por eso me limité a besarle el cuello suavemente y acariciarle la nuca con mis dedos, arriba y abajo, tantas veces como horas quería pasar allí.
En ese momento me sentí fatal por haber pensado hasta hace nada en dejarle.

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