Anda por la acera de noche, vigilando a derecha e izquierda
que no haya nada fuera de lo normal. Anda sola, como de costumbre, y no le
importa porque ya se ha acostumbrado, pero sabe que algún día lo va a
lamentar.
Dicen que esos bosques están plagados de lobos hambrientos,
que duermen de día y esperan a la noche para devorar a cualquier niña pequeña
que cruce por sus dominios.
Y ahí está ella, andando sola entre los árboles, rezando en
su cabeza por no encontrarse a ningún depredador, de esos que las leyendas
cuentan: grandes, pequeños, con dientes más o menos largos, con pelaje negro
como la noche o incluso blanco como la luna – sin duda los más peligrosos.
Caperucita Roja, ¿dónde vas? No temas a la noche, no temas a
sus criaturas, no temas a la muerte.
Y Caperucita camina con su cesta, observando cómo pasan por
su lado varios lobos. La mayoría ni siquiera la miran, o quizá sí? No puede
saberlo porque está manteniendo la mirada al suelo, en casa la enseñaron a no
mirar nunca a los ojos a un lobo si no quieres que te devore la piel.
Camina en línea recta, con las piernas flaqueando en dirección
contraria a las criaturas, evitando rozar su pelo negro, intentando no escuchar
los gruñidos que alguno de ellos le dirige cuando la mira. Incluso hay alguno
de ellos que se acerca, en mi opinión demasiado, a la pobre Caperucita.
La olfatea, le enseña los dientes y fija sus ávidos ojos
claros en el brazo de la pobre niña. No lo duda un momento más y se abalanza
por ella para intentar derribarla, para enseñarla de una vez por todas que la
noche no está hecha para las niñas de caperuza roja, y clava sus dientes en la
pálida piel de Caperucita. Primero la agarra del brazo, para tirarla al suelo e
inmovilizarla. El lobo quiere pasarlo bien esa noche. Y, sinceramente, es lo
peor que podría haber hecho.
Caperucita ya no es una niña. Es toda una mujer que sabe que
un lobo no es más que un gato con complejo de superioridad, y ella sabe cómo
manejar a los gatos. No se lo han enseñado, pero sabe que tiene que cuidarse
ella misma, porque nadie va a preocuparse por ella. Así que le da una patada al
lobo en el estómago y es ella quien clava sus dientes afilados en la pata del
animal. Es ella quien eriza su pelo en señal de advertencia y quien derriba al
depredador – ahora convertido en víctima – al suelo. Es ella quien arranca el
pelo de la piel del pobre animal y clava sus puntiagudas uñas en su cara.
Caperucita ya no tiene miedo al lobo, disfruta haciendo
brotar la sangre de sus heridas y desollándolo hasta que muere agonizando, todo
con una sonrisa en la boca, quizá rememorando todas las batallas perdidas con
anteriores lobos que hicieron con ella lo que quisieron.
“Que os sirva de advertencia” susurra a todos aquellos que
se han detenido a mirar.
Se coloca la caperuza roja y retoma su camino, envolviéndose
en la oscuridad que emana de su corazón y se pierde en la noche.

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