viernes, 3 de julio de 2015

Comer para no ser comido.

Anda por la acera de noche, vigilando a derecha e izquierda que no haya nada fuera de lo normal. Anda sola, como de costumbre, y no le importa porque ya se ha acostumbrado, pero sabe que algún día lo va a lamentar.

Dicen que esos bosques están plagados de lobos hambrientos, que duermen de día y esperan a la noche para devorar a cualquier niña pequeña que cruce por sus dominios.

Y ahí está ella, andando sola entre los árboles, rezando en su cabeza por no encontrarse a ningún depredador, de esos que las leyendas cuentan: grandes, pequeños, con dientes más o menos largos, con pelaje negro como la noche o incluso blanco como la luna – sin duda los más peligrosos.

Caperucita Roja, ¿dónde vas? No temas a la noche, no temas a sus criaturas, no temas a la muerte.

Y Caperucita camina con su cesta, observando cómo pasan por su lado varios lobos. La mayoría ni siquiera la miran, o quizá sí? No puede saberlo porque está manteniendo la mirada al suelo, en casa la enseñaron a no mirar nunca a los ojos a un lobo si no quieres que te devore la piel.

Camina en línea recta, con las piernas flaqueando en dirección contraria a las criaturas, evitando rozar su pelo negro, intentando no escuchar los gruñidos que alguno de ellos le dirige cuando la mira. Incluso hay alguno de ellos que se acerca, en mi opinión demasiado, a la pobre Caperucita.

La olfatea, le enseña los dientes y fija sus ávidos ojos claros en el brazo de la pobre niña. No lo duda un momento más y se abalanza por ella para intentar derribarla, para enseñarla de una vez por todas que la noche no está hecha para las niñas de caperuza roja, y clava sus dientes en la pálida piel de Caperucita. Primero la agarra del brazo, para tirarla al suelo e inmovilizarla. El lobo quiere pasarlo bien esa noche. Y, sinceramente, es lo peor que podría haber hecho.

Caperucita ya no es una niña. Es toda una mujer que sabe que un lobo no es más que un gato con complejo de superioridad, y ella sabe cómo manejar a los gatos. No se lo han enseñado, pero sabe que tiene que cuidarse ella misma, porque nadie va a preocuparse por ella. Así que le da una patada al lobo en el estómago y es ella quien clava sus dientes afilados en la pata del animal. Es ella quien eriza su pelo en señal de advertencia y quien derriba al depredador – ahora convertido en víctima – al suelo. Es ella quien arranca el pelo de la piel del pobre animal y clava sus puntiagudas uñas en su cara.

Caperucita ya no tiene miedo al lobo, disfruta haciendo brotar la sangre de sus heridas y desollándolo hasta que muere agonizando, todo con una sonrisa en la boca, quizá rememorando todas las batallas perdidas con anteriores lobos que hicieron con ella lo que quisieron.

“Que os sirva de advertencia” susurra a todos aquellos que se han detenido a mirar.


Se coloca la caperuza roja y retoma su camino, envolviéndose en la oscuridad que emana de su corazón y se pierde en la noche.



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